Saldado un pendiente y con creces.

Probablemente sea la única reseña que haga yo trayendo a tema e iniciando con la prueba de sonido. Las gentes de la Sala Chopin enviaron un par de pianos, un Steinwey & Sons y un Petrof, éste ultimo bastante cascado, bien dicen que el que es genio no es quisquilloso en la herramienta y un ejemplar a modo es el personaje que iba a subirse aquella noche al banco, ah! hablando del banco, le faltaban como 5 tornillos ya que bailaba de un lado a otro y rechinaba desquiciantemente. La tensión en esos momentos para los privilegiados que estábamos ahí es indescriptible y además la vergüenza ajena por ese aspecto logístico de paisanos. Por su puesto que el detalle ponía en peligro la realización del concierto.

Solucionado el problema (y no fue otra cosa que lo comentado arriba), el protagonista decidió que aquello era percata minuta y lo importante era trascender en el escenario con lo que se sabe dotado. La mediocridad y acto irresponsable de algunos pasó a último término y con solo 15 minutos de retraso lo vivido aquella noche fue suficiente para marcar a éste como el mejor concierto que he experimentado en carne propia y donde sigo convencido que ese podio va pa’ largo. Impredecibles y apoteósicos hechos de manos de un personajazo como EGBERTO GISMONTI.

Bien podría extenderme horas escribiendo sobre lo que éste prominente instrumentista logra con el piano y la guitarra, pero eso es lo de menos, la capacidad creativa y su musicalidad es algo que siempre habrá de exaltarse como alcances artísticos del humano.

Esa guitarra y ese piano son mera casualidad, cualquiera que fuera el instrumento es el conmovedor sonido y ese virtuosismo salvaje del brasileño lo que logra dejarte petrificado, sin parpadear y sintiendo en el cuerpo emociones que solo la bendita música nos tiene reservadas. Quienes entienden la diferencia entre un cantante y un cantaor sabrán la manera de aproximarse a un individuo que esta por delante y por arriba de épocas, estilos, cánones y colegas de oficio.

 

 

El Jazz, como las musicas regionales del mundo, son improvisación, expresividad y vida, dicen quienes lo practican; yo sin hacerlo, vaya sin ser músico, la pura oreja me implica estar de acuerdo. De otra cosa estoy seguro, la vibra, la energía y esa alma implícita aquella noche, tuvo que ver absolutamente con sus comparsas de recital, su vástago mayor y su bella hija. Con ningún otro par hubiera alcanzado esos picos y valles.

Les cuento que ya tocando, los dedos de Gismonti son diminutas parejas bailando samba en las teclas y actores de zarabanda pasando a un minueto sobre las cuerdas. Me pregunto ¿que hará un músico de este nivel en sus ratos libres? Quizá caminar en esas veredas laberínticas que le facilitaron descubrir ese hilo conductor entre su vocación y el instrumento.

Hubo una pieza en solitario, una muy particular y que hoy aún no descubro el nombre, emotiva como nunca había escuchado algo, viajando por escenas de esa bella cinta llamada Cinema Paradiso y como si el mismo Morricone y él hubieran aprendido cirílico de un solo maestro.

Perdón, en verdad no encuentro adjetivos para seguir intentando referir cada una de las piezas de ese día; resumiendo, “Em Familia” fueron creadores de una atmósfera descomunal y amos absolutos de poner sabrosura a contenidos que van más allá de lo complejo.

Nunca más he vuelto a escuchar a un guitarrista tocar así el piano, haciéndolo sonar como orquesta de metales y maderas con abanico de percusiones, cuerdas y alientos; así como a un pianista tocando la guitarra con esa traslación de técnicas melódicas, armónicas y rítmicas, con esa limpidez de sonido y abordaje del alma.

Más que un concierto, fue un suceso de enseñanza.

Gracias a Gismonti y su familia y gracias a AL por seguir siendo consanguíneo de memorables vivencias.

Raúl Ulloa R.

 

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