Coleccionista de discos

 

 

Para coleccionar discos siempre habrá más de mil pretextos. Podría decir que colecciono discos por sus portadas, porque las carátulas de los discos siempre se verán mejor en cartón que en una pantalla. Colecciono elepés porque adoro el momento en que me pongo a husmear de arriba abajo el estante y pienso y re-pienso cuál de todos los discos debo de poner bajo la aguja. Gasto mi dinero, invierto debí decir, en viniles, porque todos sabemos que suenan mejor que un cedé. Los colecciono porque cada disco es una combinación muy curiosa de instintos, desde los más delicados hasta los más vulgares y desde los más espirituales hasta los más primitivos. Colecciono por egoísmo grotesco, porque me gusta acumularlos y ordenarlos por disquera, por año, por bandas y por países. Colecciono porque viví una adolescencia en la que para escuchar música tenía que ahorrar unos billetes, ir a una de las dos tiendas que vendían música “rara” y regresar a casa, emocionado como un niño, a tocar el disco mientras leía en la contraportada las letras de las canciones, el año en que se grabó y hasta los créditos de producción. Colecciono discos porque mi memoria tiene muy buen tino para fotografiar el momento en el que adquiero uno -puedo recordar quién me acompañó a comprarlo, quien lo escuchó conmigo o a quién corrí para contarle las maravillas que salían por las bocinas al correr de la aguja- Colecciono discos porque siempre he soñado con un cuarto dedicado a la música, uno de esos que llaman music room, con paredes cubiertas de discos, cómodos sillones y el mejor equipo de sonido. Colecciono discos porque antes de que todo se buscara en Internet las contraportadas regalaban información, como aquella re-edición que contaba como Albert Ayler fue encontrado muerto en el East River de Nueva York.

Dicen que el coleccionista de discos es una especie en extinción, cosa que yo también creía cierta hasta la semana pasada que visite la tienda de discos Amoeba en Los Ángeles. Sí, aquella tienda en la que gasté mis ahorros comprando cedés y que ahora luce orgullosamente sus filas y filas de discos de vinil: nuevos, usados, originales y re-ediciones.

En Amoeba, en pleno 2011 y justo cuando pensábamos que todos estaban en sus casas pegados al computador escuchando archivos digitales y peor aún, escuchando discos en YouTube, la gente se pasea por los pasillos en busca de su disco favorito, cazando esa joyita rara y perdida. En Amoeba siempre te pasará lo mismo que en un burdel, te faltará dinero y te quedarás con ganas.

 

 

About pedro césar beas